viernes, noviembre 17, 2006

El sol remolón

Helouses:

El sol remolón es un cuento que pretendía ser un intento para trabajar con los niños y niñas el saludo, concretamente, buenos días y buenas noches.

Espero que os guste.

Saludotes.

Marce

El sol remolón

Todas las mañanas, sin faltar una, el señor Sol aparecía allá, en el horizonte, muy lejos, entre las montañas.

Tan puntual era que ya nadie se acordaba de él, después de todo, ¡era su obligación!, el señor Sol debía salir todas las mañanas para que sus rayos al entrar por las ventanas despertasen a los niños y niñas; para que los papás y mamás supiesen que era la hora de desayunar, de llevarles al colegio e irse a trabajar. Además el señor Sol debía seguir subiendo en el cielo para que los profesores supiesen cuando era la hora de irse al recreo y, naturalmente, debía seguir su camino para que todos parasen a comer cuando él estuviese en lo más alto del cielo.

Después debía empezar a bajar para poder saber cuando era la hora de la merienda o cuándo lo era de jugar. Y claro, debía terminar por esconderse, allá lejos, entre las montañas para que así todos cenaran y se fuesen a la cama.

Todos los días el señor Sol seguía la misma rutina. Al principio aquello le había parecido muy bien pues mucha gente se levantaba sólo para verle, o simplemente le miraban por la ventana, sonriendo, contentos porque gracias a él había nacido un nuevo día.

Pero con el tiempo, os mismos que se había levantado para verle o le habían sonreído por la ventana, ahora refunfuñaban o se escondían entre las sábanas, escapándose de sus rayos.

La situación había llegado a tal extremo que ya las personas no se saludaban con un sonriente ¡buenos días!, sólo susurraban entre dientes un extraño emesemedía y encima con cara de retortijón de barriga.

Una mañana, ¡el señor Sol no salió!, los niños y niñas se despertaron tarde, las clases no empezaron a su hora, nadie sabía cuando era la hora del recreo, y sólo supieron que era la hora de comer cuando los ruidos que hacían sus estómagos eran tan fuertes como la bocina de un autobús.

Por la tarde, ¡no hubo merienda!, los padres asustados no querían dejar salir a sus hijos a jugar, pero los niños y niñas se escaparon igualmente e hicieron una reunión en el parque de las ortigas.

- ¡Esto no puede ser! – gritaban varios.

- Hay que ir a la policía y que le pongan una multa al señor Sol. – decía otro.

- No, que lo saque el padre del “grúa”

No hacían más que discutir y no lograban ponerse de acuerdo sobre que hacer, hasta que Félix, que había aprendido a soltar discursos escuchando a su padre el alcalde, consiguió que todos se callasen y le escuchasen.

- Lo mejor es que elijamos a alguien para que vaya a hablar con él, así sabremos por qué no ha salido esta mañana.

- Sí, sí, sí, ¡qué vaya Félix! – gritaron todos.

A Félix no le quedó otro remedio que aceptar, pero claro, el sol vivía muy lejos, necesitaba provisiones, de modo que cada uno le dio algode lo que llevaba en los bolsillos.

Tomasín le dio dos monedas, Julio un caramelo, Adela, la hija de la tendera le entregó la magdalena que siempre reservaba, incluso Beto “el bestia” le regaló su lata de cola.

Félix caminó hacia las montañas de las que el señor Sol saía todas las mañanas, como tenía hambare y la caminata era larga se comió el caramelo y siguió andando, se tomó la magdalena y siguió andando, se bebió la cola y siguió andando, incluso le cambio a un conejo que encontro por el camino sus dos monedas por una zanahoria que también se comió y siguió andando.

Por fin llegó donde dormía el señor Sol, entre las dos montañas más lejanas, el muy vago estaba allí, acurrucado, echándose una siestecita.

- ¡Señor Sol!, ¡Señor Sol!, ¡Despierte!, ¡No sea usted remolón! Le grito Félix.

- ¿Y qué si soy remolón? – Contestó el señor Sol de malas maneras. – Total, ya nadie se levanta para verme salir, ni me miran sonriendo por las ventanas, si siquiera me dicen buenos días cuando me levanto y buenas noches cuando me acuesto. Ahora sólo refunfuñan, se dan la vuelta en la cama y hablan entre dientes.

- No sabíamos que estuviese molesto, como salía todos los días y no decía nada... – respondió Félix – Pero le prometo que voy a hablar con mis amigos y que a partir de mañana las cosas van a cambiar.

El Sol remolón, como la le llamaba Félix, se dejó convencer, entre otras cosas porque ya estaba muy aburrido de no hacer nada en todo el día.

A la mañana siguiente, todos los niños y niñas se levantaron para poder ver a través de sus ventanas como salía aquel Sol remolón, cuando por fin vieron aparecer sus rayos en el horizonte empezaron a gritar - ¡Buenos días!, - incluso algunos le invitaron a desayunar.

A la hora del recreo no se hablaba de otra cosa que del Sol remolón, le invitaron a jugar, a irse a clase con ellos, pero no cabía por la puerta de modo que le abrieron una ventana para que pudiese mirar por ella.

A la hora de comer le pidieron al cocinero que hiciera una suculenta fabada, redonda y de color amarillo, para que le Sol remolón comiese con ellos, y por la tarde, se pusieron pesados hasta conseguir que bajase a jugar.

Cuando era ya la hora de irse a la cama, el Sol remolón comenzó a ocultarse entre las montañas, muy contento pues los niños se despidieron con un sonoro ¡Buenas noches!

Por eso, a partir de ese día, siempre hay que decir buenos días al levantarse y buenas noches al acostarse, no sea que el Sol remolón se coja otra vez una rabieta y diga que no quiere salir.

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